ASTÉRIX & OBÉLIX

Cuando eres niño, todo es más fácil. Sin duda habrá sinsabores que te harán darte cuenta lo cabrona que puede llegar a ser la vida de adulto, pero en definitiva, todo parece tener solución. Y un día creces. Todo se esfuma. Un día te llenas de melancolía e intentas averiguar si realmente traicionaste tus sueños de niño, o realmente llegaste a ser el adulto que soñaste ser.

En estos días se me ha agolpado mi niñez y de qué forma. Hice un viaje con mi padre y mi hermano y somos tan desconocidos. Tan intolerantes. El mar estaba ahí, tratando de hacer su labor. Pero no sucedió nada. Las expectativas se fueron. Las esperanzas. Todo. Recuerdo que mi padre fue un extraño cuando niño. Siempre estaba de viaje o ausente. Acariciaba a su secretaria en la clandestinidad. Eso lo supe años después. Y ahora acaricia sus recuerdos. Su cabeza está llena de fantasmas. O de piedras. No hubo un chau en el aeropuerto. Fue una oda al surrealismo. Yo observaba los días y sentía que estaba en un lienzo de Dalí. Se me desfiguraron los recuerdos. Con la ausencia de mamá no queda nada.

Y no es que venga al blog a hacer una catarsis absurda ni me coloque en el juego ególatra de víctima y victimario. No queridos forenses. En realidad después de un viaje de mierda siempre viene la calma. Y la calma viene con un recuerdo grande y feliz. Mis primeros cómics.

Esta es la época dorada de mi niñez, cuando mi tío Arturo me llevaba al quiosco a comprar su diario y me compraba una tira cómica. Archie era uno de mis favoritos. Y Astérix. Y los he encontrado. En formato digital. Quizá mi lado romántico nunca me permitió disfrutar tanto los cómics de superhéroes. Vamos, claro que lo disfrutaba, pero siempre me gustaron los personajes con tintes más humanos que los superpoderes. Y de pronto todo toma respiro. Mis ojos se llenaron de agua al leer las primeras líneas de estos cómics. Porque muchas veces los leí con mamá. Y Astérix fue un tema fascinante por sus referencias históricas. Me sentí en aquella mesa después de comer, charlando con mamá, acerca de los comentarios y las fantasías de un niño tan lleno de manías, con condiciones especiales. Mamá siempre tuvo la paciencia conmigo. Siempre. Nunca fui un héroe del todo, pero ella me trataba como si lo fuera. Ojalá pudiera regresar a esa época, en donde mamá me tomaba de la mano para cruzar el boulevard, e íbamos a comprar pan, o me llevaba al Tae Kwon Do. Astérix y Obélix flotaban por la noche en el entramado infinito de mi imaginación. Sus aventuras me inflamaban el pecho de ansias. Quería viajar igual que ellos y llenarme de aventuras. Y crecí con ese recuerdo. Con esa fuerza descomunal de Obélix. Con ese ingenio absoluto de Astérix. Y hace unos días que me enfrenté a esos recuerdos me llené de ansiedades muchas. Y hasta sonrisas. Me hubiera fascinado sentarme a esa mesa mamá, en donde vos lucías radiante y bellísima, con esa sonrisa que iluminaba mis días, y volver a leer estas aventuras, que nunca me abandonaron del todo.

Porque jamás existirá nada que pueda cambiar mi lazo con mamá. Nada. Ni mi padre ni mis hermanos. Y ellos vivirán resentidos conmigo, sabiendo que yo fui el más amado y el más consentido, el más valiente, el más loco. El arte y la literatura siempre me hicieron cómplice con mamá, mi eterno amor.

Y sin más preámbulos, queridos, les comparto de a poco estas primeras imágenes de mis héroes de la niñez.

Y seguramente comenzaré a compartir alguna tira cada domingo. Estén pendientes, porque desde que mamá se fue, no he retomado el blog, pero quizá deba hacerlo, imaginando que mamá aún me lee, y se ríe de mis tonterías. Siempre. Este mate va por vos, mamita amada.

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