SAN VALENTÍN.

Hace un año mamá estaba entrando al Quirófano. Yo había corrido la Spartan Race y tuve un sueño terrible. Hace un año también era San Valentín. Mi mundo parecía otro. Siempre voy a amar a mamá por sobre todas las cosas. Siempre. Kiki lleva dos días en su madriguera. Ha tapado, a su modo, la entrada. No puedo abrir el terrario, no puedo verla. Quizá ya está en su proceso. No puedo ver nada.

El amor real siempre es real. Viene en diferentes presentaciones, pero siempre es real. Es real cuando es real. Muy poca gente estuvo conmigo cuando perdí a mamá. Y esa gente siempre va a estar conmigo de una u otra forma. Un par de amigos me llaman cada semana para ver cómo voy. No importan las largas distancias. No importa eso cuando la gente en verdad te aprecia. Y estos días me han sucedido algunos milagros. Y sé que es mamá. Lo sé. Y aún cuando no tenga base científica, lo sé. Mamá es mi amor real. Siempre lo será, hasta que llegue mi hora de alcanzarla.

Mi San Valentín es mamá. Es Kiki cambiando de piel, es Félix ronroneando a mi lado, es Simona, es mi hermano en el teléfono, o mi mejor amigo llamando. También es la chica a la que no pude invitar a salir. Porque no quiero hacerla sufrir, y yo estoy sufriendo y con cambios de estado de ánimo y preferí no invitarla a salir para que no se enamore y después llore por mi.

Ojalá Kiki no muera, porque a mamá no le gustan las arañas. Y ojalá yo no me enamore, porque he perdido la capacidad de llorar.

Mamá: No sé qué hacer.

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