SERÉ UN ANCIANO CABRÓN

Mientras ella me platicaba mis ojos comenzaron a ponerse rojos. Rojos de sueño. Pero los abrí lo más que pude. Y apreté los puños como para sacudir, de la manera más discreta, el sueño. Finalmente, y después de muchas sospechas, por fin soy consciente de que a lo largo de mi vida, nunca he podido sostener la atención por más de 5 minutos con nadie. Ni con la tipa más buena.

Supongo que esto es triste. Y lo supongo porque de alguna manera creo que la gente, al menos por ahora, ha comenzado, si no a entender, por lo menos a justificar esa extraña característica mía. A veces me levanto o volteo a otra parte, reviso mi celular o veo el reloj, y cuando ya no soporto más, hago una broma estúpida o cambio el tema de plática, demencialmente. Mis amigos son buenos conmigo. Hacen alguna pausa o balbucean algo, o simplemente me dejan hablar. Puedo hablar por horas, y hacer bromas de todo tipo, pero me cuesta mucho poner atención en algo. Desde siempre. Aunque finjo poner atención, mi mente siempre está en otra parte.

Recuerdo cuando mamá me regañaba y me preguntaba cosas yo preparaba mi cerebro para sus interrogatorios. Ella era muy insistente y enfática, podían pasar horas y ella seguía preguntándome el porqué de mi reacción o cierto comportamiento. Mi hermana se saturaba, rompía en llanto. Yo podía sostener el regaño y la insistencia de mi madre porque sencillamente me fugaba. Claro que sentía hasta marearme. Que los pies se me fusionaban con el piso. Pero fingía poner atención. Mi cerebro ya en esos momentos era una pelotita de naftalina. Mi mente estaba en cualquier otro sitio, navegando en algún recuerdo o surfeando en algún sueño. En la escuela siempre fue igual. Yo entendía con la primera explicación las matemáticas. Después me fugaba y llenaba mis cuadernos de dibujos sin sentido. Mi madre sabe que no miento, porque ella se escandalizó de que no tuviera apuntes de nada, sino cuadernos llenos de dibujos.

Después de tantos años sigo siendo el mismo. Siempre estoy en otra parte. En las juntas apenas presto atención. Y no es porque no me interese. Hoy escuché a alguien decir: “Alejandro es un genio, y tiene look de genio, y manías de genio”. No soy un genio. Simplemente soy disperso. Mucho. Y no es que me haya comenzado a preocupar. Seguramente seré un anciano cabrón e hijo de puta. Ignorando a todos. Sentado en alguna terraza, con el mate en mano, habano entre los dedos, mirando al infinito, repasando mis nubes, mis cielos, como para asegurarme de no olvidar ningún recuerdo, de traerlos conmigo cuando la muerte, esa hija de la chingada, por fin me lleve.

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