PRIMER DÍA DE TRABAJO, GANAS DE ORINAR, SALCHICHA COCIDA

Hace algún tiempo que no me acerco al blog. Y es que he estado inmerso en diferentes aventuras. Los que somos superhéroes a veces tenemos poco tiempo de postear entradas al blog, porque nuestro deber es cuidar que el mundo no acabe. Pero esta vez hice una pequeña excepción.

Los que me conocen saben que he cambiado de empleo. Hace un par de semanas fue mi primer día de trabajo en un despacho de arquitectos diferente. No diré el nombre por seguridad. Porque las mujeres podrían ubicar el lugar en donde trabajo y esperar a que salga para violarme. Mi mamá dice que desde niño fui nalgoncito. Y por lo tanto siempre corrí peligro, y que debo cuidarme de las mujeres que se me acercan para no sufrir violación. Y yo le hago mucho caso.

Hoy les hablaré de mi primer día de trabajo. Y todo esto sucede porque yo vivo al norte de la ciudad de México, y para trasladarme, necesito usar el Viaducto Bicentenario que corre desde Valle Dorado y termina en Conscripto para seguir por el Periférico hasta Viaducto. Todas las mañanas, lo primero que hago después de verme al espejo, es cebar un buen mate. Esto supone tomarme casi dos termos antes de ducharme. En ese tiempo aprovecho para preparar el desayuno de Simona y Félix (Para los que no me conocen, ellos son mis hijos, una Cocker Spaniel bellísima, y un gato negro con patas blancas).

Corro a la ducha, me visto como puedo, subo las laptops al auto y acelero, sabiendo que nunca faltará algún cabrón que me cierre el paso, o en el mejor de los casos, recibiré un par de mentadas de madre con el claxón de algún compañero de tráfico, porque al cabrón fui yo, el que cerró el paso.

La mañana transcurría sin sobresaltos. Puse algo de música en el auto, tomé el iPhone y fotografié el amanecer sobre el Viaducto Bicentenario y lo posteé en Twitter, con mensajes propositivos, de muy buena vibra, y casi se podía adivinar mi sonrisa y mi optimismo en cada twitt que escribía mientras los autos rugían a mi lado y yo era, uno más en esas venas de tráfico que se inflaman por las avenidas de la ciudad de México a las 7 de la mañana.

Todo parecía perfecto. Llegaría, aún y pese al tráfico, veinte minutos antes de las nueve de la mañana a mi oficina, y mi jefe diría: “Qué chico tan puntual”.

Para bajar del Viaducto Bicentenario a Periférico Sur, se hace un embudo. Bajan el flujo de autos por la lateral. Justo en el desemboque, están las obras que continúan al Viaducto. Por esa alegre razón, la lateral del Periférico se reduce a dos carriles, en donde vienen los pobres que no pueden pagar el Viaducto, los más pobres que viajan en Microbús y nosotros, los que bajamos del Viaducto. En ese cuello de botella puedes estar una hora sin problemas. Pero a mi no me importó, porque yo escuchaba a Saint Germain en el auto, y había previsto el tiempo de tráfico, y llegaría a tiempo a la oficina. Así que sonreía a mis compañeros de tráfico y continuaba sin problemas.

Lo que no preví, fueron esos dos termos que me tomé en la mañana de mate. Así que sentí el primer calambre, ese pequeño aviso de que se están acumulando los dos litros de esa exquisita bebida sudamericana en la vejiga y anuncian sus ganas absolutas de salir al mundo. El primer calambre me puso alerta. Así que comencé a acelerar y no dejar pasar a nadie, inclusive cambié la música y decidí poner a Metallica y a Rammstein para poder manejar más agresivo. De Conscripto a Polanco es casi un Kilómetro. Justo frente al Conservatorio Nacional de Música, hay una Gasolinera en una cuchilla al cruce de Palmas y Periférico. La meta: Llegar ahí para poder correr al baño y orinar sin problemas.

Las ganas de orinar se iban acumulando en la medida que el tráfico no avanzaba. Era matemáticamente perfecto el algoritmo. Era exactamente proporcional las ganas de orinar en aumento, que la desaceleración de los autos en ese tramo. Einstein hubiera dicho cualquier pendejada, hubiera hecho alguna fórmula para representar ese momento. Yo apretaba para que no se me escapara alguna gotita de orín. Y comenzó a ser insoportable. Comencé a sudar frío. Apretaba y me aferraba al volante del auto con mis manos ya temblorosas. Como buen superhéroe busqué una solución ante esa problema que se me presentaba. “¿Qué haría Batman en esta situación?” me preguntaba, “¿Que haría Superman, el Capitán América o el Che Guevara?” Recordé que traía un sandwich envuelto en una servilleta, acomodado perfectamente en una pequeña bolsa de plástico. Ya casi no podía moverme. Pero aún así hice un esfuerzo, solté una de mis manos del volante y comencé a buscar histéricamente. Aventé el sandwich al asiento del copiloto. Me bajé la bragueta y justo se me emparejó una camioneta con una mujer que se me quedó mirando como diciendo: “Qué gran pene”. Ese acto me inhibió. Puse la bolsa por un lado mientras yo ya tenía los ojos desorbitados, la cara roja, las manos temblorosas, y con una ganas terribles de llorar. Pensé que podía llorar mucho para que el líquido saliera en forma de llanto, pero recordé mis clases de ciencia, y supe perfectamente que no existe ninguna conexión entre las glándulas lagrimales y mi vejiga.

Comencé a ver negro, las imágenes se me oscurecían, sentía que en cualquier momento habría una explosión de vejiga en mi auto. Cosa que me hizo reaccionar, porque jamás se ha sabido que un superhéroe muera en el tráfico por explosión de vejiga. Así que volví a jalar la bolsa, abrir mi bragueta, porque ya era imposible contener esos dos litros de mate. Yo temblaba y comenzaron a darme espasmos. Pensé en Gustavo Cerati y tuve miedo de caer en estado de coma. Recordé ese viejo dicho que dice que el que madruga Dios lo ayuda. No vi a Dios en ese momento ayudarme a orinar dentro de la bolsa. Oriné. En esos momentos pasaron por mi cabeza los cinco mil años de historia hombre. Pensé en Napoleón Bonaparte orinando antes de una batalla. Pensé en el primer homo erectus orinando antes de abandonar África. Pensé en los Samurais, en los romanos, en los fenicios, en los egipcios, en Cleopatra, en Cristobal Colón orinando antes de pisar América, en Newton, en Gandhi, en Nelson Mandela, en Nietzsche, en Shakespeare, en todos los hombres queriendo orinar.

Ahora orinaba y parecía eterno ese momento. Se conjugaba ahí un placer infinito que no sé describir. Pero lo que tampoco preví, es que eran dos litros que salían con potencia y con una tibieza aterradora. Por alguna estúpida razón la bolsa se conservó intacta, sin gota de orín. Había orinado fuera de la bolsa sobre mi humanidad, sobre mis pantalones, sobre mis piernas, sobre el asiento del auto. Sentía esa tibieza por mi trasero, por toda la zona media de mi cuerpo. Puse la bolsita de plástico nuevamente en el asiento del copiloto, estaba intacta. El tráfico comenzó a avanzar. Por mi costado finalmente apareció la gasolinera y Palmas. Yo ya tenía la mirada llena de rencor. Llegué veinte minutos antes de las nueve a la oficina. Tenía ganas de llorar.

Cuando me bajé del auto estaba mojado todo mi hermoso trasero, y el pantalón por la parte de enfrente hasta las rodillas. Caminé torpemente hacia un Oxxo. El frío de la mañana comenzó a enfriar mi pantalón. Ahora solo faltaba que me diera pulmonía. Compré un café. Salí del Oxxo y abrí las piernas un poco, y cuidadosamente me vacié el café entre las piernas. Tampoco preví lo caliente del café. Así que pegué un grito terrible, puteé hasta que me cansé, bailaba en la calle como un idiota, la gente que pasaba me esquivaba y me miraba como cuando se mira a un loco. Me ardían los testículos y el pene. Pensé que jamás tendría descendencia, que mi pene era ahora una salchicha cocida. No podía caminar con las piernas cerradas. Caminaba como si me hubiera bajado del caballo en mis clases de equitación y estuviera rozado. O como si me hubiera violado un mamut. Así subí al cuarto piso de la oficina. Así me recibieron. Lo primero que dije fue: “Se me vació encima el café que traía entre las piernas mientras manejaba”. Me miraron con ternura y pena ajena en el trabajo. Pasé al baño y traté de asearme de alguna forma. Comenzaba mi primer día en el despacho. Yo había llegado veinte minutos antes de mi hora de entrada tal y como me lo había propuesto. Así comenzaba una nueva etapa en mi vida.


2 Responses

  1. de lujo la entrada! jajaja..me doble de la risa, pero enserio…oye, no entiendo porque nadie te deja comments acá…por donde te mueves mas? por twitter o el face? saludos!!

  2. Jajaja, buenisimo, me encanto! Realmente me hiciste imaginarme toda la escena, genial!

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