DE CUANDO VOY AL GIMNASIO

Bueno, hace mucho que no escribía en mi blog. Por diversas razones que no nombraré, porque son aburridas. Y además sé que nos les interesa. Tampoco haré un show con ello. Tengo algunos fieles lectores que me animan, y otros que seguramente me desprecian. Cosa que me chupa un huevo (Ustedes disculpen la jerga latinoamericana, pero me salió la frase del corazón).

 Cuando es viernes, el peor castigo para un mortal es ir al gimnasio. Porque mientras tus amigos se emborrachan en algún bar o se encierran en un motel con alguna bella lolita, uno tiene que estar entrenando para… No tengo idea para qué; pues no competiré jamás en un torneo internacional de Kick Boxing, ni estaré en la MMA o en la UFC, o en la WEC. Pero voy puntual a mi entrenamiento. Para recibir patadas, puñetazos, y salir adolorido, con mi cara de idiota, sonriéndole al mundo que no me hayan roto la jeta mucho.

 En el gimnasio hay toda clase de personajes increíbles. Y sé que me odiarán cuando me lean, pero es cosa que debo hacer, escribir acerca de ellos, ya que son esa especie de fauna con la que convivo todos los días.

 He encontrado muchos perfiles. Los hay desde el chavito flaquito que sueña con tener una musculatura espectacular, o las señoras pasadas de peso, que pasan horas haciendo ejercicios cardiovasculares para bajar esas lonjas que no ceden.

 La mayoría son tipos arriba de los treinta años, en su mayoría divorciados, que intentan modificar sus cuerpos con la esperanza de resultar atractivos a una chica 10 años menor. Y es patético. Los musculosos, los entrenadores, son farmacias con patas. Es bien sabido que una musculatura bien desarrollada en un cuerpo propio de un latino, es moderada. Y requiere de años de trabajo. Pero los asteroides, la testosterona, las hormonas, son el pan de cada día. Jamás habrá un cuerpo musculoso naturalmente por comer atún y jalar peso libre dos horas diarias. Se requiere inyectarte cualquier clase de mierda para poder lograr esos cuerpos deformes y marcados. Pero todos los que están ahí (Me excluyo totalmente) están en una constante competencia silenciosa para tener los mejores bíceps, pectorales, tríceps, pierna, nalga, pecho… Tristemente veo a muchas mujeres que no tienen nalgas haciendo sus ejercicios para glúteo. En un año ninguna evolución en ellas. Pero ellas tienen las miradas llenas de esperanzas, se miran al espejo, levantan las nalgas, y nada.

 La música electrónica suena por todas partes. Ayer platicaba con un amigo que se inyectó hormonas, y un día amaneció mamado de repente. Él tiene una altura de 1.65mts. Está feliz con su cuerpo, se mira al espejo mientras hace mancuernas. Sonríe. La seguridad ha vuelto a él. Yo le dije: “¿Y cómo te va con tu nuevo cuerpo?” Y él, con su sonrisa franca y su felicidad desbordante me dice: “Pues este cuerpo le gusta a las mujeres”. Y yo, con mi agradable forma de ser, mis bromas increíbles y las cosas chistosas que digo cuando me siento inspirado le digo: “El problema debe ser cuando te quitas los bóxers, porque es bien sabido que los asteroides reducen el tamaño de los testículos y el pene…”

 Él me mira con cierto rencor. Es cierto. Le he dado en el amor propio. “Cabrón” me dice. Y sigue ejercitando sus bíceps. Yo me doy la vuelta, y hago la siguiente analogía: “Un tipo de 1.65mts de altura no pudo tener jamás un pene gigante. Seguramente era un “pito chico”. Y con los asteroides se le desapareció. Por eso su felicidad fingida, su mirada con cierto rencor.”

 A mí, en mi caso, no me cabe la polla en los calzoncillos.


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