PRENAVIDAD

 Mis mejores navidades fueron cuando era niño. El preámbulo de esta peculiar festividad me inflamaba el pecho de sentimientos varios. Quizá era porque mi casa estaba llena de amor. Recuerdo claramente cuando adornábamos el árbol. Mamá siempre hacía un postre, y era tan emocionante ver los grandes ojos marrones de mamá brillando, con su silueta tan perfecta, su piel tan blanca y su sonrisa infinita. La casa tenía un aroma a ponche. Mamá ha sido y será siempre el gran amor de mi vida. A veces nos leía un cuento o nos platicaba alguna historia de Navidad. Teníamos en ese entonces un proyector en casa. Papá preparaba la pantalla y apagábamos las luces para ver algún cuento de Navidad. Yo era feliz. Infinitamente feliz. Pero el tiempo pasó. Ahora soy un adulto lleno de manías, de recuerdos. Podía amanecer pegado a la ventana para descubrir a Papá Noel. Mamá terminaba abrigándome y llevándome a la cama. Me acariciaba mis mejillas, y seguramente la llenaba de ternura. Era buenos tiempos. Todo era magia.

A veces me gustaría estar de regreso en esos tiempos, cuando mi única preocupación y mi única responsabilidad era la de ser feliz. Que alguien le diga a mis padres que quiero estar de regreso. Que quiero esa navidad de cuando era niño, y mamá podía consolarme toda la noche, y todo el día.


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