LA MUJER QUE PODRÍ ANOCHE

Anoche que llegué a casa, me senté en la mecedora. Así es forenses, tengo una mecedora en casa. Quizá sea porque me estoy acercando vertiginosamente a la tercera edad. Mis padres me regalaron esa mecedora, seguramente porque vieron que su hijo se estaba haciendo viejo. Cosa que agradezco infinitamente. Y sentado en la mecedora, de pronto fui testigo de como una hueva infinita se apoderaba de mi ser. No podía moverme. Era como si todo el cosmos se concentrara para dejarme inmóvil presa de la hueva más devoradora.

Quise extender mi mano para tomar mi celular, pero no pude. Mis ojos se cerraban y el primer pensamiento que tuve fue el no querer ir al gimnasio. Dormitaba y cabeceaba como si hubiera tenido un maratón sexual la noche anterior, cosa que no fue así. Y de pronto timbró el teléfono y me saco de ese pequeño trance en el que me encontraba y me puse de mal humor. Yo me pongo de mal humor por cualquier cosa, lo sé, pero cuando me sacan de mi ensoñación, mi mal humor es más ácido de lo normal. Entonces me levanté y decidí por fin irme al gimnasio. Todo sea por mis fans.

Hay una tipa que siempre coincide conmigo. Ella cree que es la mujer más buena del mundo. Y su cara de mamona (no porque se le hayan modificado sus facciones por hacer tanto sexo oral, sino por su cara de insoportable) es algo que inhibe a la mayoría de los chicos. A mi sencillamente me pudre su actitud. Y cuando alguien me pudre, por algún oscuro instinto busco la forma de joderle. Y esta vez no fue la excepción. La mujer es guapa, y tiene unos glúteos interesantes. Punto. Se pone licra para ir a entrenar, y contonea el cuerpo como si estuviera apareándose con el aire. No tiene más de 35 años. Quizá menos, nunca fui bueno para acertar con la edad de las mujeres.

Me subo a la corredora, comienzo a hacer mis ejercicios y descubro que la tengo a un lado. Entonces me dice: “Disculpa, pero yo iba primero”. Y eso me pudrió. Me pudrió y me pudrió. Es como si una patada en los huevos me hubiera sido dada, y mi mal humor se acentuó. Así que contesté: “Discúlpeme señora, no vi que alguien estuviera esperando la corredora, pero mire, se está desocupando esa”. Y con eso yo le podrí la noche. La tipa de glúteos temblorosos se subió a la corredora contigua y me miró con resentimiento. Yo la miré y le sonreí tan inocentemente, que si Dios me hubiera visto en ese momento, me hubiera llevado al cielo para dirigir la orquesta de ángeles que seguramente debe tener.

Después de unos interminables minutos, ella me dice: “¿Te puedo preguntar algo?” Yo muevo mi cabeza hacia ella, y con una sonrisa franca, amplia y amable le digo: “Por supuesto se-ño-ra”. Justo ahí veo como se desvanece su vanidad. Su amor propio se cae por los suelos. Le tiembla ligeramente la barbilla. Le asaltan las dudas, se mira al espejo que tenemos frente a nosotros, y me vuelve a mirar atónita. Yo sigo sonriendo como cuando se le sonríe a una abuela. “¿Por qué me dices señora, por qué me hablas de usted, qué tan grande parezco?”. Yo sabía que ahora la podrida era ella, y no yo. Así que con mi sarcasmo más sutil, con mi sonrisa más amable que tengo le contesto: “Lo que pasa es que yo vengo de una familia conservadora, y mis padres me enseñaron a hablarle de usted a mis mayores”. Es cuando veo claramente como las venas del cuello se le inflaman, como la sangre le sube a la cabeza. “Soy de tu edad” me dice. “No soy tan grande” contesto.

Toda la noche me estuvo observando con resentimiento. Yo bajé alegremente de la corredora y me puse a hacer mi rutina de ejercicios. Al final de la noche me despedí de mi instructor. Pedí las llaves de mi auto y entonces sentí como su mano tocaba mi brazo. Volteo y le digo: “Buenas noches señora”. Si no lloró, es porque Dios, indudablemente, es grande. Me dijo: “Por favor no me hables de usted, y además estoy segura que tenemos la misma edad”. Yo le digo: “Si es tan importante para usted tener mi misma edad, entonces tenemos la misma edad.” Ella frunce el ceño y dice: “Por favor háblame de tú”. Yo sonrío nuevamente: “Me siento extraño hablándole de tú a mis mayores, pero claro que lo intentaré”.

Salgo del gimnasio y ella sale atrás de mí. Me dice: “Buenas noches niño” y me da un beso en la mejilla. Los chicos del gimnasio no podían entender qué le había dado a la mujer más mamona del gimnasio como para acompañarme hasta mi auto para despedirse de beso. “Buenas noches tú, señora” le contesto, y entonces ya no puedo contener la risa. Me subo al auto y veo claramente por el espejo retrovisor, cómo se queda mirando mi auto, llena de dudas, de inseguridades, con sus glúteos y sus senos, con su barbilla temblando, absurda, dolida, enojada, confundida, sin poder entender nada.


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