CONFESIONES 1

No soy gay.

Aclarado este punto, me he sentado frente al ordenador para confesarles un par de cosas. Aún no puedo entender el diseño masculino. Es decir, tener colgado justo debajo del ombligo un pedazo de carne que sirve para orinar y copular. El diseño se me hace un tanto chistosito. Un salchichón ahí, mirando al suelo, atrapado entre los calzoncillos (en mi caso, y lo he aclarado cientos de veces, no me cabe la polla en los calzoncillos), como si de una serpiente se tratase. Cuando me metía al vapor y me encontraba con esos señores de estómagos prominentes y penes tan pequeños, yo, dando rienda suelta a mi naturaleza voyerista, me daba por mirarlos y reírme en mi mente. ¿Cómo podían existir cuerpos tan desproporcionados? Era tan cómico verlos salir a la regadera de agua fría, sin nalgas, sin pene (bueno, sí, pero muy pequeñito) con un estómago gigante, generalmente calvos, pavoneándose como grandes machos; y después dirigirse a los vestidores para enfundarse en sus trajes, tomando sus celulares, y comenzando a llamar a sus secretarias, amantillas, esposas. etc. Cuando los volvía a ver en el lobby, prepotentes y absurdos, siempre pensaba en las proporciones de sus genitales, y perdían cualquier clase de autoridad. Lo que intento decir, que sus actitudes machistas eran proporcionalmente inversas al tamaño de su minimí. Entre más pequeñas sus proporciones, más prepotentes, odiosos, dueños de sí mismos resultaban estos hijos de puta.

Hace un par de años, estuve en una playa nudista en Oaxaca. Sentí cierto nerviosismo cuando entré. Las chicas que estaban ahí, en su mayoría eran europeas y norteamericanas. Ya mayorcitas, rayando en los treintas. Algunas corrían por la playa mientras sus bubis se balanceaban de un lado a otro. Los señores caminaban como orgullosos de sus minimís. Y yo estaba nervioso. Pero algo estaba trabajando a la inversa de lo que normalmente sucede cuando estás nervioso. Yo estaba erecto. No había forma de disimular esa situación. Así que corrí al mar, me revolqué en la arena alrededor de 200 veces, nadé como si se me hubiera hundido el Titanic, y la erección no cedía. Una norteamericana hija de puta se me acercó, y con su cara de risa me preguntó la muy cabrona: “Are you horny?” En ese momento sentí un infinito de odio. Sentí como las venas del cuello se me inflamaban, sentí que la sangre me hervía. Ella estaba parada frente de mí, desnuda, bronceada, depilada, y con sus ojos celestes escrutadores.Por un acto divino mi erección cedió. Yo la miré fijamente y contesté: “Estaba, porque tu celulitis acaba de podrir todo.”

 

2 Responses

  1. =I eso me dejo pensando en que yo no podría ir a una playa nudista.. esos ojos que escarban me dan pavor.. jaja buena respuesta a la wera !!

    • Gracias hermano… Un abrazo

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