HISTORIAS FALLIDAS DE AMOR 01

Desperté con los ojos embotados. Ya habían pasado más de ocho horas del ataque de migraña. Tenía reseca la boca. El teléfono timbraba pero yo era incapaz de tomar la llamada. Me sentía en depresión. La sensación de despertar metido en una burbuja, embrutece hasta al más diestro. Hacía frío. Seguía lloviendo. Lo supe cuando me levanté y unas gotas golpearon violentamente en el cristal de la ventana. Aún estaba oscuro, pero el cielo ya había tomado una claridad grisácea apuntalando el horizonte con un gris más claro. En la universidad, siempre había criticado a un maestro barbón que se tiraba a las alumnas. Era un tipo que le veía las nalgas a todas sus alumnas. Siempre me pareció patético. Yo en mi clase, tendía a ser muy parco. La mayoría de mis alumnos tenían apenas dos años menos que yo. Unos cuántos eran mayores. Y también estaba María. Una estudiante con unos senos impresionantes. Sus escotes me ponían nervioso, pero yo siempre confié en mi profesionalismo. Sin embargo esa mañana terminé la clase temprano. Aún tenía la boca reseca, y las ojeras delataban mi desvelo. María se acercó, serpenteando sus caderas. Me sonrió. Yo apenas asentí y tomé mi celular. María me preguntó si me sentía mal. Le dije que sí. Me invitó a desayunar. Propiamente rechacé la oferta y me alejé.

En el estacionamiento apareció. Me dijo que su auto se había averiado, que si le daba un ride. Ya en el auto ella me contó que era madre soltera. Que su madre se hacía cargo de su hija, y que ella quería ser una profesional exitosa. Me tocó la pierna. Ella me parecía toda culo y toda tetas. Detuve el auto en donde ella me indicó. Me dijo que yo le gustaba. Que mi cabeza revuelta, mis ojos grandes y mi barbilla le excitaban. Yo sonreí como idiota, sin saber exactamente qué hacer. A dos calles de su casa nos besamos. En un momento ella se deslizó el ajustadísimo jeans y buscó una posición óptima. Por un segundo dudé, pero el frío y el instinto se apoderaron de mí. Ahora era ella toda sexo. Yo estaba excitado. Me importaba un pito que una patrulla se detuviera. Cogimos con la habilidad de dos gacelas. Después de terminar, ella se acomodó su ropa. Comenzó a llorar. Me dijo que todos los hombres la buscaban sólo por sexo. Que tenía miedo de enamorarse. Yo tenía 26 años, ella 24. No estaba seguro si yo estaba enamorado de sus ojos verdes, o de la redondez de sus caderas. Sus labios rojos aún pedían mordiscos.

La historia de que era madre soltera era falsa. Lo supe cuando apareció el marido en mi retrovisor. Traía un bate, y todo el porte de un asesino. Ella bajó del auto aún llorando. Yo encendí el motor y me fui de ahí, alejándome por puro instinto de sobrevivencia. No tenía caso quedarme a que me partieran el mate en dos. Y no quise saber más de la universidad. Tampoco quise saber más de María. Quise tener migraña toda la vida, y sumergirme en ese universo de dolor que significa coger con la persona equivocada.

Seré un cabrón, y seguramente he destruido algunos matrimonios. Pero todo ha sido en defensa propia. Esa noche llovía y yo estaba asustado. La migraña anunciaba su regreso. Sonó el teléfono y era María. Me dijo que quería hablar conmigo. Colgué. Yo aún quería coger, pero me asustaba el hombre del bate.

Al otro día volví a la universidad. María me buscó en la oficina de maestros. Me había escrito una carta que no quise leer. Yo estaba frente el Director de Idiomas, presentando mi renuncia cuando apareció el marido de María. Salí de la oficina y le pregunté por su bate. Él me dijo que quería hablar conmigo. Le indiqué el camino a la cafetería, y le dije que en media hora estaría ahí. Él se fue apretando sus puños. María apareció diciendo que huyéramos. Le dije que fuera al aula 42, donde yo generalmente daba mi materia. Vi como serpenteaba su cuerpo y pensé que ella era realmente hermosa y sensual, una mujer con un sexo infinito.

Caminé por detrás de los edificios hacia mi coche. Estratégicamente me había estacionado fuera del plantel. Encendí el auto. Uno de los policías me sonrió mientras encendía un cigarrillo. Aún me dolía la cabeza. Sentía ese claro palpitar que sucede cuando estás a punto de tener una recaída. Comenzó a llover. Yo permanecí un momento en silencio, asegurándome que lo mejor era huir solo, sin María. No podía amarla, mis hormonas me estaban confundiendo. Tomé el volante y avancé mientras mi celular timbraba. Era María, pero no tomé la llamada, ni la volvería a tomar. Me detuve en un Telcel, y solicité mi cambio de número. Llovía rabiosamente. Volví a casa, oscurecí mi habitación, me metí bajo las cobijas, la migraña había regresado.


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