CAROLA Y SUS POEMAS

Rodrigo sacó el mate, y se sentó a la mesa. Hablamos de las técnicas de cómo cebar de la manera correcta. Claro que un uruguayo puede ser reconocido por el termo bajo el brazo. Pero Rodrigo estaba orgulloso de su argentinidad. Teníamos un par de amigos en común, y por eso me había llevado a su parrilla. Le sugerí, que mi bife, lo quería termino medio, y que el vino de la casa, debía venir acompañando a las empanadas. Apareció Carola, con su cabello recogido, y su figura inconfundible. Me dijo que había visto algunas fotografías, y que quería posar para el libro. Yo le di un sorbo a mi vino, y no pensaba en otra cosa que en el bife. Rodrigo, el argentino, se levantó de la mesa para dar algunas instrucciones. Carola sonrió. ¿Cómo te trata México? Me preguntó mientras cruzaba una pierna. Me trata… contesté, pensando que las empanadas deberían de ser un poco más grandes. Carola tomó su copa, y me dijo algo acerca de su próximo libro. Está jodido ser poeta, y tener unas tetas que los editores desean todo el tiempo. Yo no miro tus tetas ni leo tus libros Carola, le dije. Quizá el problema radica en que tus poemas sean un poco aburridos, y tus tetas nos recuerdan a las nodrizas del medievo, o en todo caso, a las damas patricias de la antigua Roma. Ella sonrió, diciendo: Siempre tenés algo qué decir grandísimo salame. Yo reí. Quiero estar frente a tu lente insistió. ¿Con tus poemas, o con tus tetas? Le pregunté. Rodrigo apareció con mi bife. El otro plato era una ensalada para Carola. El sol se ocultaba detrás de los edificios viejos, del otro lado de la calle. Deberíamos cocinar un día juntos, dijo Rodrigo. El bife estaba en su punto, el chimichurri, Rodrigo, el vino, Carola. Detrás de esa cortina de humo, me espera el mundo. Teníamos que regresar al templo. Rodrigo tomó un par de libros de su oficina, detrás de la cocina. Carola se levantó. ¿Te volveré a ver? Me dijo como si yo estuviera subiendo a un buque de guerra. Con esa misma solemnidad le contesté. Sí, si sobrevivo a la calamidad. Carola me extendió un papelito con sus nuevos números. No te desaparezcas más. Creí que Carola había viajado en el tiempo. Tenía aún su cuello de cisne, sus hombros frágiles, y un mechón de cabello rubio mal agarrado que caía sobre su cuello. Recuerdo cuando apareció en mi casa con un gato entre las manos. Sus ojos estaban llenos de agua. ¿Te volveré a ver? Me hizo esa pregunta una tarde de lluvia en el aeropuerto. Ya habían pasado siete años desde aquella tarde. Ahora no había gato, ni llanto. Era Carola, con sus labios rojos, intentando hacer poemas, desde que leyó los míos.

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