EL TREN DE LA MUERTE

Cuando llegué a la estación, el frío viento se colaba por entre las sombras que avanzaban hacia los vagones. Yo tenía sueño, sin embargo tenía que llegar a tiempo a la cita. Pude darme cuenta que una mujer me miraba de modo insistente. El guardia de seguridad parecía haber estado ahí por semanas. Su traje sucio y sus ojos sin brillo, delataban que tenía un matrimonio infeliz. Yo avancé hacia el vagón. El teléfono sonó, pero no quise tomar la llamada. Tenía la sensación de estar en el tren de la muerte. La gente tenía ese aroma a cadáver. Había una inercia que hacía que todos esos hombres y mujeres avanzaran, sin ilusiones. Una bocanada de tristeza inundaba al tren. Yo no quería llenarme de toda esa energía, pero no tenía forma de escapar ante tales sensaciones. Quería irme con la nube que flotaba inútilmente sobre la estación. O con el cometa que volaba cuando era niño. Quería irme hacia el recuerdo de cuando mi tío me tomaba de la mano, y me compraba un cómic cuando iba a comprar el periódico. Cuando mamá me sonreía con su belleza inaudita.

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