HACIA MI NIÑEZ

Hace viento. Me lo recuerda todo el tiempo el ruido de los árboles atrás de la ventana. Yo miré de reojo cuando los dos hombres entraron a la oficina. El frío viento también entró con ellos como patada a los testículos. El de suéter azul tiene unos ojos diminutos llenos de maldad. El otro, es diestro en el lenguaje, y seguro de sí mismo. Mientras estudian los papeles, por alguna extraña razón me pongo a pensar en mi bicicleta de E.T. que tuve en mi niñez. Ellos hablaban del caso, del FBI, de la policía antiterrorista de Israel. Y yo recordaba las tardes en la que mamá salía a la calle conmigo, y me enseñaba a andar en bicicleta. Podía correr tras de mí para evitar que yo me rompiera los huesos. Y un buen día me soltó, y pude andar por mí mismo, en pleno uso y control de mi equilibrio. Eran buenos tiempos aquellos. Pero tengo que regresar de mis recuerdos. Los hombres hablan y dan sus puntos de vista. Yo externo un par de comentarios, casi sin sentido. Pasa una hora y salgo a la calle. Un hombre cruza la avenida con las manos en los bolsillos. La noche comienza a abrazar al rumor de la ciudad. El viento calcina con frío mi pecho. Estoy cansado. Aún faltan dos horas para que esté de regreso en casa. Si tuviera mi bicicleta de E.T. me iría volando, un poco más allá del firmamento, hacia mi niñez.

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