PESADILLA DE FIEBRE

Los párpados calientes me recuerdan que tengo fiebre. No pude dormir. La noche pasó como ráfaga de viento. El año sideral se va de las manos, como sueños o humo. Hay soledad y silencio. Apenas Simona hace un par de ruidos. Félix siempre la acompaña. Yo me siento frente a la computadora, intentando retomar los pendientes, las tareas. Pero el cuerpo me exige regresar a la cama. El reloj avanza y yo me siento estúpido. La música de Kyle Minogue me deprime. Intento poner las ideas en orden. O por lo menos la lucidez. No tengo hambre. El sueño además fue podridor. El sueño se cubría de una mancha gigante, y avanzaba hacia mí como mariposa con colmillos. Yo yacía quieto en la terraza, fumando un cigarro. Sabía que mi tiempo había llegado. No tenía miedo. Sentía la angustia del dolor de mi gente. El llanto de mi madre o el de mi padre. La mancha ahora era una figura tangible. Un murciélago con ojos rojos. Me miraba fijamente, con unos ojos brillantes pero inexpresivos. Por alguna extraña razón sabía que la mordida llegaría a la yugular. Me latía el corazón un poco más de prisa. Sorbí el último mate y me puse de pie. Apagué el cigarro. Me toqué el cuello de a poco. El murciélago extendió las alas. Los ojos de mi madre aparecieron en mi recuerdo, llorosos. No me vencí. Desperté temblando, sudoroso. Descubrí que no hubo mordida por las lágrimas que me escurrían de los ojos. La fiebre me hizo moverme torpemente por la cama. Me levanté ardiendo en fiebre. En el lavamanos, frente al espejo, miré mis ojos llenos de humedad. Seguía llorando. Tomé un poco de dentífrico, recordando a Horacio Oliveira haciendo dibujos con dentífrico en el espejo. Hice lo mismo. Un elefante con una trompa gigante. El grifo del agua abierto. La noche llena de estrellas y silencio. La noche es también filo de navaja, o corte con machete. Venus tiene un patrón de movimientos exactos en el firmamento. Y se repiten con exactitud cada ocho años. Los Mayas conocían el cielo. Siento una envidia inexplicable, pero puede más la admiración. Tomo la toalla y salgo del baño. No quiero regresar a la cama. Me asusta la mancha, me asusta la mariposa con colmillos, o el murciélago de mi sueño. Me asusta dormir y no despertar. Me asusta saber que cuando termine la vida, estaré desintegrándome con el extraño palpitar del universo. En el medio del caos, en la antimateria desintegrando la materia. Hay fotones viajando por ahí, deformando el tiempo y el espacio. Me arde el pecho. La luna es siempre mi testigo silencioso. Avanza rompiendo el cielo en gajos, directo a mi pecho, como una daga mortal, que no perdona ni un levísimo momento de duda, o de inanición.

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