BETANIA

Hay un reloj viejo en el muro que se detuvo a las tres cuarenta de alguna madrugada. Amanece lentamente y con la tibieza aún del sueño, me levanto con las ojeras propias del desvelo. Tengo sed. Una corriente de frío entra cuando la claridad empieza a anunciar en el cielo la presencia tímida el sol. Yo tomo un libro de Vargas Llosa. Las noticias siempre son las mismas. Así que apago el televisor y pongo algo de Sarah Brightman. La cafetera me anuncia que es momento de tomar un mate. Son las seis de la mañana. Enciendo un cigarro y me miro al espejo. Repaso un poco los correos que debo contestar, y los que no. La agenda me dicta un día holgado. Quisiera estar frente al mar. El rumor de la ciudad comienza a despertar. La vieja motocicleta del cartero se anuncia 200 metros antes de depositar un sobre en mi buzón. Veo la foto de Salvador Dalí que tengo en uno de mis muros. Cebo el primer mate del día. Su tibieza me reconforta. Descubro un viejo poema que jamás terminé de escribir. La esperé por horas en la sala de un aeropuerto, pero Betania nunca llegó. Su avión cayó en el Atlántico, y yo me quedé con una flor entre las manos, y todas las palabras que jamás pude decir. Recuerdo que esa mañana no lloré. Tampoco me salía palabra alguna, y después de más de ocho horas, la flor seguía en mi mano, marchita y húmeda. Yo me aferraba a ella como para no caer en el abismo. Pero caí. Cuando me quitaron la flor ya estaba en el hospital. Me dieron pastillas para tranquilizarme. Entonces pude llorar.

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