MI SECRETO

Llevo días creyendo que algo va a suceder. Y eso siempre es una tentativa a la huída. A la repentina y drástica mordida de perro con mandíbula babeante y cuatrocientos kilos de presión. Me levanto semidormido, pensando que hoy puedo recibir una buena noticia. No sucede. Sino que la fría mañana me recuerda lo vulnerable que puedo llegar a ser. Tengo sed y abro una botella de agua. Hay un grillo chirriando en alguna parte de la casa. Oigo su grillar y me desespera. Suena el teléfono. Si no es veneno, también puede ser patada testicular. La mañana avanza sin mucho alboroto. Voy al terrario de Kiki, mi tarántula rosada. Abro y comienzo por sacar el recipiente de agua, los grillos que no ha querido comer y que a fuerza de convivir con ellos he tenido que ponerles nombres. Caín y Abel. Kiki generalmente está tranquila. Su característica es que de pronto, dejar de comer. Por semanas o meses. Con sus doce ojos sólo mira a los grillos y los ignora. La muy digna regresa a su nido, seguramente esperando caviar o langostas. Pero esto es lo que hay. Esto es lo que comes, pienso. Ella camina por mis hombros, por mi espalda. Yo aseo cuidadosamente su terrario. Kiki levanta las dos patas delanteras en señal de defensa. Puede morderme si hago un movimiento brusco. Talla las patas de atrás para soltar sus pelos y encajármelos en la piel. Se ha enojado. Yo también estoy enojado. No debe comerme. Soy muy grande para ella, y si me come, morirá de indigestión. Y no quiero que muera. Así que también levanto la guardia. Su ventaja es que ella está en mi espalda. Mi ventaja es que yo, con anteojos, tengo una mejor visión que ella con sus doce ojos. Me quedo inmóvil. Ella se relaja, quizá sea que reciba las vibraciones de The Cure sonando en el iPod. Ella avanza como seducida hacia mis hombros. Yo pongo la mano (según la recomendación de mi veterinario) y por fin decide subir. Su vida se limita a comer grillos, y quedar inmóvil por horas. A veces está pegada en los cristales de su terrario, como mirándome. Sé muy bien que esto es improbable. Pero me gusta imaginar que ella me observa, tal como lo hace Simona, mi cocker spaniel inglés, o Félix, mi minipantera, por horas. Ellas, mis mascotas, pueden confiar en mí. Yo confío en Simona y hasta en Félix, pero no en Kiki. La quiero sí, como se quiere a una tarántula. Con precauciones y cuidados. Con mentalidad fría, calculadora. Con extremo cuidado. Mi trato es cordial, pero defensivo. Su naturaleza puede traicionar a su calma. Su instinto es más grande que su raciocinio. Así que existe una distancia inevitable entre ella y yo. Mi secreto es no esperar nada de ella, para no decepcionarme. Vale, lo clásico, lo normal, lo de siempre, lo cotidiano, como si se tratara de un humano.

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