MARTES

Vivir al límite, con la sonrisa pegada a los labios, los sueños inflamando los ojos, y ese cosquilleo que produce la ansiedad en la cavidad craneal. Cada mañana recuerdo los sueños que soñaba de niño. Y vivo en el intento de no traicionar esos sueños jamás. Mi abuela nunca me sentó en sus piernas para leerme un cuento. Si lo hace ahora, seguramente la hago pomada. Porque con sus setenta y pico de años que tiene por edad, le ha dado por hacerse chiquita. No sé si es para divertirse, o solamente porque así reaccionan ciertos cuerpos en la medida que avanza la edad. No voy a dedicar este texto a mi abuela. No. Sencillamente que a veces me imagino poniéndole sus lentes y forzándola a leerme poemas de Charles Bukowski. Nunca la haría. ¡Así que quédate tranquila abuela!

El despertador sonó varias veces esta mañana. La vida en esta ciudad de pronto parecería ir más lenta. Es el frío o el viento. Lo sé. Yo mismo me muevo lento hacia la cafetera. Es el hielo que no vemos. Las noches son más largas, y yo extraño tanto vivir al nivel del mar.

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