PUTA TRISTEZA

La migraña me ha dejado agotado. Tengo la sensación de haber luchado toda la noche con demonios y dragones. Siento un agotamiento total, los ojos inflamados de tanto soñar pesadillas. El oscuro laberinto es el camino a la paz. Tengo dolor de estómago. La depresión puede ser un arma letal. Lo reconozco. Y aún con la mirada borrosa me levanto. Enciendo las luces que acompañan mi agonía temporal. No entiendo qué pasa. Siento un nudo en la garganta y lloro. Pero esta tristeza me es ajena. No es mi estado de ánimo normal. ¿O sí? No es bueno profetizar en domingo. Quizá lo más sensato es quedarme en la terraza con el saxofón en la mano. Enciendo la cafetera para calentar agua. El mate es una alternativa de fuga, o de reconciliación. La quietud de la noche me regocija. Las estrellas titilantes me avisan que estoy vivo. Tomo una a una todas mis notas, repaso algunos versos de Ezra Pound, de Dylan Thomas, de Hölderlin. ¿Porqué mierda tengo un poemario de Karol Wojtyla entre mis manos? Sigo pensando que Tom Kunding, Rick Joy y Sami Rintala son mis arquitectos favoritos. Me produce una tristeza infinita saber que Mario Benedetti sigue muerto. O mi tío, que murió con tantos sueños inconclusos. Amanece el lunes, yo tengo frío. Tomo la primera piedra, para lapidar a esta puta tristeza.

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