LA HORA AZUL

Hora Azul

Detengo el auto un momento. Las nubes parecen pinceladas de un cuadro del atribulado de Van Gogh. Al frente encuentro un cerro con las luces que ha encendido la ciudad. Es la hora azul, la hora en que el sol se ha ocultado de a poco, y comienza la penumbra. Aún no está la negrura de la noche, me percato de ello cuando extiendo mis brazos y parecen bañados de una tenue luz azul. La atmósfera es tan extraña, las aves parecen confundirse. Me quedo un poco quieto, con las manos al volante, mientras pienso en la hora azul. Es la hora en que los dioses se confunden. Y en ese extraño aletargo, cualquier deseo podría ser cumplido, obviamente por error. Me gustaría conocer a dios, y charlar con él. Preguntarle sus secretos, sus manías, sus sueños. Poder entender sus métodos. Cerrar los ojos sin que me asalten las imágenes de niños muriendo en África, Asia, Medio Oriente, América Latina. Me gustaría que dios moviera uno de sus dedos y aplastara a tanto hijo de puta. Sigo pensando que la pobreza no es natural, y me lleno de rabia al pensar que unos cuántos tienen el poder para decidir la tragedia de otros. ¿Cómo dormir tan tranquilo, sabiendo que la tercera parte de la población mundial está sufriendo alguna clase de injusticia? Pero el frío y el reloj me indican que debo continuar camino. Vuelvo a encender mi auto y avanzo hacia la negra noche, en donde dios parece dormir sin inmutarse mucho de ello. Todos los dioses han recobrado la cordura, el mundo sigue girando, y yo me siento un poco mareado.

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