JULIO CORTÁZAR: RAYUELA

Hace mucho tiempo que debí escribir acerca de Julio Cortázar y de su literatura. Pero si no lo hice antes, es porque todo lo que pueda decir de sus historias, de sus personajes, de esos grandes “océanos metafísicos”, no sonará nada bien.

Cortázar me encanta, y lo he leído y releído bastante. Sus personajes son inteligentes, muy inteligentes, violentos, necios, malignos, románticos, locos, intelectuales, complejos, llenos de manías, con una fuerte tendencia a la esquizofrenia, filósofos, poetas, músicos, pintores, “clochards”; y son únicamente un segmento de la humanidad. Una representación de esa humanidad que reconozco, noches en donde la jazz y la literatura juegan un papel determinante en los estados de ánimo de cada uno de los personajes.

Las manías que cuenta Cortázar a través de sus personajes, las situaciones surrealistas en las que envuelve el desarrollo de los diálogos, las constantes citas de Joan Miró, Paul Klee, Piet Mondrian, Antonin Artaud, Roberto Arlt, Charlie Parker, Hugo Wolf, Thelonius Monk, Louis Armstrong, Igor Stravinsky, Erik Satie, Juan Filloy, Rembrandt, Goethe, Homero, Dylan Thomas, Mauriac, Faulkner, Baudelaire o San Agustín, entre otros; perfilan a Rayuela como una obra exquisita, una obra maestra.

A mi modo de ver, Rayuela nunca podría ser un libro común. Podría ser un tratado o un retrato del vasto universo psicológico de cada personaje y la relación que, desde este universo, establecen con el amor, la muerte, los celos y el arte.

Cuando leo por primera vez “El Perseguidor” (la historia de un atormentado y complejísimo Charles Parker) dependiente de estupefacientes, y dueño de un talento absoluto me hace pensar que estamos tratando con un geniecillo que sabe brincar de la vida a la locura, a la lucidez y a la muerte con una maestría que me desencaja la quijada. Y cuando el saxofonista pierde el saxofón de las maneras más inverosímiles, recuerdo que son humanos, los personajes que están involucrados en las historias de Cortázar.

En fin, Rayuela es mi libro de cabecera. Poder mirar el mundo a través de sus personajes. Hundirme en la noche, caminar con un cigarrillo bajo la lluvia, sentarme en una calle oscura y húmeda, hacer esas cosas tan simples, recordando que hundir un cuchillo en un pan francés y escuchar de pronto que el pan llora, es algo que no puede pasar inadvertido. No puedes mirar al mundo de la misma forma al saber que en los sueños de sus personajes existen panes que lloran cuando son rebanados.

Después de Rayuela, mi mundo nunca fue el mismo. Un libro inteligentísimo. Absolutamente lleno de sueños, y de situaciones tan absurdas y reales, donde la mente comienza el juego entre la irrealidad y lo absurdo, a tentar esa deslgada línea entre la cordura y la lucidez.

A mí, me hace soñar, y me incita en el intento de ser un mejor ser humano cada día. Puedes bajarte el libro en formato PDF, AQUÍ.

Si hay un capítulo de Rayuela que me intriga y apasiona es este, el capítulo 68, confeccionado con palabras inventandas, que no son reales, pero que tienen una rítmica impresionante… Y para entrar en calor, se los transcribo tal cual… les amo.

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”

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