SUEÑO RECURRENTE

En estos últimos días, he tenido un sueño recurrente. Y no sé si es premonitorio, o es que algo me va a suceder. Vamos, que el final no es para alarmarles, ni nada por estilo, sino que la peculiaridad del sueño, me hace pensar en la vulnerabilidad de mi ya de por sí, perturbado cerebro.

Sueño que me agacho, y se me cae la cabeza. Así, como una sandía. Y cuando cae se va rodando cuesta abajo. Entonces mi cuerpo comienza a correr tras de ella, para tomarla. Pero mi cabeza va girando salvajemente, y en ese movimiento violento que supone el rodar cuesta abajo, se me van saliendo las ideas. Y cuando mi cuerpo se percata de las ideas regadas, comienza a esquivarlas hábilmente, para continuar con su carrera tras mi cabeza. Las ideas tienen un color que no logro definir del todo, pero es como color genialidad, o color talento. Entonces sucede que mi cabeza después de haber rodado por una empinada cuesta, llega a una calle recta y detiene su rodar por la inercia, mientras mi cuerpo llega, agitado, extendiendo los brazos, y cuando intenta tomar la cabeza para ponerla sobre los hombros, mis dedos se desmoronan. Es justo ahí cuando comienzo a alarmarme. Porque una cosa es estar sin cabeza, y otra es estar sin dedos, porque para ser honestos, sin dedos ya no me es posible mi existencia.

Mientras tanto, escucho un galopar torpe, como si se tratara de un caballo con una sola pata, o dos cuando mucho. Intento voltear, pero al estar mi cabeza en el suelo, me es casi imposible, porque no tengo cuello como punto de apoyo para hacer tal movimiento. Entonces se detiene un carruaje de estilo romano. Y en él viene montado el mismísimo Anton Szandor LaVey. Lo reconozco por su barbita idiota. Pero eso no es lo que me intriga, sino el animal que viene tirando del carruaje. No es un animal en sí. debo corregir esto, en realidad es tirado por un humano. Un tipo como de 70 años de edad, muy paredico a Benedicto XVI. Anton me mira y sonríe. Yo intento decir algo como: “¿Porqué te ríes grandísimo hijo de puta?” pero desisto en el acto, porque mi posición (sin cabeza ni dedos) me hacen estar en una posición bastante vulnerable. Y cuando le pregunto si es Benedicto XVI el que tira de la carroza, se me sale una lágrima. No entiendo el porqué de mi lágrima. Y vuelvo alarmarme. Porque una cosa es estar sin cabeza y sin dedos, pero que además de todo, se me salgan las lágrimas, me altera mis nervios un poco. Sin embargo me quedo en silencio. “Si soy Benedicto XVI”, dice el animal que no es del todo animal, sino un humano que se parece mucho a Benedicto XVI. Acto seguido, ambos se ponen de rodillas y comienzan a rezarme. Ahí es cuando pierdo el control de mis emociones. Las venas de mi cuello se inflaman, intento cerrar los puños, pero no puedo, porque no tengo dedos. Sin embargo les digo: “No sean imbéciles y pónganme mis dedos en donde deben ir”. Ellos suplican mi perdón, y hábilmente colocan mis dedos en donde deben ir. Ahora sí cierro los puños. Les sugiero a ambos que se acerquen. Y les doy un puñetazo en la barbilla a cada uno. Después hago que mi cuerpo se agache, y tome mi cabeza delicadamente. La pongo suavemente sobre mi cuello y sonrío.

Me regreso. no sin antes ajustar las correas de Benedicto y Anton, para que tiren de la carroza, cuesta arriba, para recoger mis ideas.

Descubro que está Felipe Calderón guardando todas mis ideas en una bolsita azul. Le grito fuertemente con mi voz de liderazgo: “¿Porqué usas una bolsita azul, pezado de idiota?” (Lo de “pedazo de idiota” sólo lo uso para parecer más peligroso, una habilidad que aprendí en otro sueño tras el estudio que hice de ciertos animales que usan esta habilidad para sobrevivir ante el ataque de cualquier predador). Entonces Felipe me contesta: “Porque soy panista”. Acto seguido le ordeno que se arrodille. Le arrebato la bolsita azul, y comienzo a introducirme mis ideas en la cavidad craneal. Felipe busca humildemente abrir mi bragueta con sus dientes. Pero no lo dejo, no soy homosexual. Le ordeno que se retire, dándole un puntapié en su mejilla izquierda. Antes de retirarse me pregunta: “¿Pongo la otra mejilla?” Y yo le contesto con mi voz de trueno (No quiero exagerar, pero es mi sueño, y en mis sueños yo puedo soñar como se me dé la gana, si quiero tener la voz de trueno, pues así lo hago): “No la pongas cerdo político, no eres Jesús de Nazareth para hacerlo, no tienes la calidad moral.” Bajo de la carroza y de un tirón de orejas subo a Felipe en la carroza, latigueo a Benedicto y Anton, para que se larguen de una buena vez…

Se me sale otra lágrima, pero esta vez no me alarmo tanto, sino que entiendo que me siento así por lo sucedido, mientras escucho a lo lejos, como Felipe va silvando un viejo spot perredista.

Entonces me despierto.

Forenses, después de este sueño ya no puedo agacharme sin dejar de tener miedo. ¿Qué debo hacer?

Por lo pronto, evitaré caminar por calles empinadas…

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