HAY VARIAS MANERAS DE COMERSE A UNA PERSONA

Si existe un texto que ha marcado mucho en mi narrativa, este sería, indudablemente, uno de los manuscritos de Andrés Caicedo Estela (Cali, 1951), artista precoz, autor de novelas, cuentos, obras de teatro, ensayos, que se suicidó a los 25 años de edad. El 4 de marzo de 1977.

Andrés era un tipo extraño. En los hospitales lloraba cuando veía a un niño recién nacido:

-¿A qué mundo le habéis traído? –preguntaba gimoteando.

Codirigiendo una película (“Angelita y Miguel Angel”) con Carlos Mayolo se enamora de su mujer, Patricia. Y ella de él. La película, obviamente, jamás acaba de realizarse. El rodaje se convierte en un infierno debido a las peleas y los celos.

-Nunca me pareció un poeta maldito –recuerda Patricia- Era una persona que se mostraba siempre feliz y me pareció bellísimo. Me enamoré de él locamente.

El 4 de marzo de 1977 el joven Andrés Caicedo recoge en el aeropuerto su gran logro: ¡Por fin, tras tocar en millones de puertas, le han publicado un libro! Se titula “¡Qué viva la música!” Regresa a casa y se encierra en su habitación: comienza a escribir una carta. Sólo faltan 6 meses para que deje de tener 25 años de edad.

Patricia entra en la habitación: por la mañana, antes de salir al aeropuerto, habían tenido una discusión.

-¿Qué escribes? –le pregunta Patricia.
-Una carta, para ti. No me dejes nunca por favor. Reconciliémonos, Patricia, linda.

Y, acto seguido, sale del cuarto. Va al baño: toma 60 secorborbicales, suficientes para acabar con la vida de un caballo. Esta vez no quiere errores. Hace unos meses lo había intentado tomando 300 valiums: sin embargo, no murió: porque se le ingresó rápidamente en la clínica Santo Tomás de Bogotá, donde permaneció 39 días sometido a un tratamiento de desintoxicación: quedó con ataques epilépticos y tomando mayeptil, una droga que no le dejaba pensar y crear como antes. Regresa a la habitación donde estaba Patricia:

-Me acabo de tomar 60 pastillas –le informa- Ojalá no se me reviente el cerebro. No las he tomado por tu culpa. Tomé esta determinación hace mucho tiempo. No quiero cumplir más años. No quiero llegar a ser adulto: volver a tener peleas contigo a causa de la rutina. Quiero morir sintiendo el amor en su pureza.

Inmediatamente después, quedó muerto sobre su escritorio.

En lo personal, me parece un tipo lleno de talento. Les dejo pues, el texto que me ha marcado de una manera irremediable…

Hay varias maneras de comerse a una persona.

Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que comerse a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres. No sé‚ si me gustara ver comer a una mujer alguna vez. Debe ser muy diferente. Lo que yo por mi parte conozco, son tres maneras de comerse a un hombre. Se puede partir en seis pedazos a la persona: cabeza, tronco, brazos, pelvis, muslos, piernas, incluyendo, claro esta, manos y pies. Sé que hay personas que parten a la persona en ocho pedazos, ya que les gusta sacar también las rodillas, el hueso redondo de las rodillas, recubierto con la única porción de carne roja que tiene el ser humano. La otra forma que conozco es comerse a la persona entera, así no más, a mordiscos lentos, comer un día hasta hartarse y meter el cuerpo al refrigerador y sacarlo al otro día para el desayuno, así. Como comerse un mango a mordiscos. Porque yo puedo decir que a mi antes me gustaba muchísmo el mango verde, y después vino esa moda de partir el mango en pedacitos y fue apenas hace como una semana que me vine a dar cuenta que los mangos verdes me habían venido a gustar menos y supe también que era porque me los comía partidos, así que seguí comprándolos enteros, comiéndolos a mordiscos, y me han vuelto a gustar casi tanto como cuando estaba chiquito… Eso mismo debe pasar con los cuerpos. La persona que ya lleva tiempo comiéndolos tiene que darse las maneras de variar el plato para no aburrirse, porque si no ¿cómo le hacen? Yo no sé‚ si ustedes leyeron la otra vez en la prensa que habían encontrado el cuerpo de un coronel retirado, metido en una bolsa de papel y amarrado en la heladera, lo que dijeron fue que lo habían encontrado por el Club Campestre, y que había expectación por el extraño estado en que se había hallado el cuerpo. Era un tal coronel Rodríguez, un tipo ni flaco ni gordo, de bigotito, y con una chucha que arrasaba. Claro que los periódicos nunca dijeron en que consistía ese “extraño estado en que se había hallado el cuerpo”, pero como yo estoy al tanto de las cosas, sé que el cuerpo estaba todo mordisqueado. No sé lo acabaron del todo porque mi coronel ya tenía 52, allí fue cuando se dieron cuenta que no había como la carne de gente joven, fresca. Los ojos, por ejemplo, que dizque son lo más exquisito, dicen que cuando la persona pasa de los 35, se endurecen y se agrian, y ya no vale la pena comerlos.

Andrés Caicedo Estela

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