CUANDO NO EXISTÍA LA PALABRA SEXO EN MI VOCABULARIO

Miento, esa palabra siempre ha estado muy presente en mi. Pero de lo que les voy a hablar ahora no es de eso, el post tenía un título sensacionalista sólo para que se puedan tragar otro post auto-felatorio de esos que hago para mi y que no le interesan a nadie (en principio).

No, no puedo empezar este post así como así, voy a por unas galletas de agua y un mate bien cebado, que esto va para largo y no tengo mucho tiempo.

Vale, ahora sí que puedo empezar como dios manda, entremos en materia. Lo pueden tomar como curiosidad si quieren, pero digamos que esta generación, en donde cualquier ser pensante puede abrir un blog y escribir anécdotas, informar, berrear, hacer pucheros frente a un computador, me encanta. Y todos ellos (los bloggers) tienen un principio. No en internet. Un principio a secas. Nacer, existir, que le llamen algunos… Yo en mi caso, no quería nacer. Así de simple. Quizá esa fue mi primera impuntualidad. Sencillamente estaba agusto en el vientre de mi madre, y no quería asomar las narices al mundo. ¿Porqué? Aún no lo sé. Usaron fórceps y los médicos se volvían locos, porque yo estaba muy agusto con mi cordón umbilical conectado a mamá. Así que me “tuvieron” que sacar por cesárea. Y ahí estaba yo, tremendamente hermoso (eso dice mamá, y no me gusta contradecirla) balbuceando. ¿Casualidad del destino? No lo sé, si hubiera sido la misma tarde de noviembre, pero dos siglos atrás, simplemente no nazco.

No fue casualidad del destino que yo aprendiera a leer a los 3 años. Tampoco fue casualidad que yo pudiera explicar la teoría de la relatividad a los 6. No fue casualidad que yo aprendiera más de aquellas sobremesas interminables, en donde mamá nos leía una novela o un cuento, y yo usaba todos los recursos de mi imaginación para recrear las imágenes, que en la escuela.

Tampoco fue casualidad que yo tuviera todo el tiempo la cámara fotográfica de mi abuela  para sacar fotos malísimas, que publicaría de muy buena gana sino existiera el riesgo de que pudieran ser consideradas como pornografía infantil, todo esto porque desde siempre fui un poco exhibicionista, (claro que ahora con el paso de los años se ha ido calmando) y era extraño no encontrarme con mi potito de fuera. O que mi padre haya comprado su video-cámara y yo filmara, con mis escazos 8 años, los traseros de las chicas en la playa, o en la piscina.

Lo difícil fue descubrir que no era un niño normal desde que mis diminutos pies pisaron el kinder, con toda la ilusión que un niño de 4 años puede tener por ir el colegio: Ninguna. Yo sólo quería dibujar. No me gustaba socializar. Pero ya tenía novia. Karlita. Una niña pelirroja, con pecas, que se comía mi lunch, y fue a partir de ese entonces que comencé a padecer por culpa de las mujeres. Porque después me daba hambre, y Karlita sonreía de una forma que me hacía estremecer, y mi cara de inanición olvidaba todo cuando ella me besaba. Un roce de labios fugaz, pero a los 4 años era lo más erótico que podia haber vivido, ya que era como haber tenido un maratón sexual dos días seguidos sin parar.

Puede que eso haya marcado mis múltiples fracazos escolares. Que siempre fui un vago de mierda, y siempre quise ser un trotamundos. Nunca tomé notas en la escuela. Mis padres se escandalizaron tanto de descubrir que lo único que yo tenía en mis cuadernos, eran dibujitos, historietas, poemas. Así es. Poemas, malísimos, terribles, pero poemas al fin. Yo memorizaba todo, y tenía buenas notas, pero no me gustaba tomar apuntes. Y eso no le agradaba a los profesores. Pero se maravillaban que en los exámenes yo fuera el de las mejores notas. No acostumbraba socializar con los demás chicos. Me gustaba estar sólo, en mi mundo de fantasía.

Entonces vinieron las precauciones de mis maestros, y de mis padres. Y fueron contundentes. Tenía que socializar. Así que me echaban literalmente del salón de clases cuando llegaba la hora del receso. Entonces comencé a inventar mis propios juegos. Uno de ellos, era el escupitajo veloz. Reunía a los demás chicos y les explicaba en que consistía el juego. Tal vez ya estaba yo demasiado contaminado por las películas Western. Las reglas muy simples, todo se resumía en ponernos frente a frente, como en un duelo, pero sin revólver, nuestras balas eran simplemente nuestra propia saliva. El que lanzará el primer escupitajo, ganaba. Quizá está de sobra aclarar que yo desarrollé una técnica invensible. Y eso me posicionó como el indiscutible campeón. Gané muchos amigos, pero infinidad de enemigos. Pero eso no importaba, ya que a la vez, cubría mis propias expectativas personales. Escupir a todos mis compañeros. No voy a nombrar el nombre del colegio, ni a los compañeros que escupí en aquel entonces, por respeto, o porque además de todo, podrían partirme la cara sin apenas despeinarme.

Son tantos los recuerdos traumáticos que tengo de mi niñez. Cuando viajábamos a casa de la abuela, por su cumpleaños, también viajaban los demás tíos. La casa de mi abuela es muy grande. Nos hospedábamos todos ahí, mis primos de la costa, de otros estados, todos llegaban. Y entonces todos los primos salíamos a jugar. Yo no quería, me gustaba escuchar la plática de los adultos. Pero me echaban, como siempre. Había uno de ellos que era el más gandul. Y además el más feo. Y todos los demás primos le tenían miedo. Menos yo. Lo respetaban porque era el más grande. Pero todos lo odiaban en silencio. Yo no lo odiaba, sólo lo despreciaba. Entonces viene ese anécdota, que lo marcó de por vida (esto es verídico, cada vez es más feo, no creció, y vive en República Dominicana, auto exiliado, por algún fraude que hizo, y que es un secreto familiar, un secreto a voces, espero que por esto no pierda mi herencia.)

Jugando a las escondidas, yo decidí escalar una barda. Localicé donde estaba escondido. Y desde lo más alto, me saqué mi pajarito y comencé a orinarlo alegremente. Todos se detuvieron a mirar, como yo orinaba a mi primo. Y pasé a ser el héroe de todos. Él corrió, con la cabeza escurriendo de orines (quizá por eso ahora su calvicie), de regreso a casa de la abuela. Todos sonreíamos. Y cuando digo todos, me refiero a mis primos y a mi hermana. Los adultos estaban podridos, asustados, y dejaron de verme como ese niño de mirada angelical. Me gané un fuerte castigo por ello. Pero yo había vencido ya, una resistencia.

Yo prefería Austin Powers que Toy Story. Yo prefería buscar a las chicas de la secundaria, que a mis patéticas compañeras de la primaria. Yo prefería mi nintendo, que salir a correr con los demás niños, como cabras en celo. ¿Y qué pasa con los incomprendidos como yo? Nada. Hacemos un blog.

¿What the hell? ¿What is the fuckin’ point? Quizá ahora mi novia, sepa cómo tratarme, por amor, o tal vez por miedo a que yo me suba a la barda y me saque el pajarito

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