TEXTOS ESQUIZOFRÉNICOS (LA LUCIÉRNAGA Y YO)

Salí a caminar por la montaña y vi una luciérnaga intentado posarse sobre un girasol. Me pareció tan interesante la forma en como brillaba. No era una luciérnaga de alcurnia. Es más, me parecía una luciérnaga vulgar, y fea. Y no es por exagerar, pero he visto luciérnagas de 100 watts y ésta parecía una luciérnaga de 40 watts. Me dio risa, pero también pude percatarme de que ella me miraba. Entonces traté de guardar la postura y sonreí. Pero mientras sonreía, también pensaba que debía atraparla y llevarla a casa; a falta de compañía, podría tenerla como mascota. Así que tomé una bolsa de plástico transparente, y la atrapé.

Llegando a casa no supe donde meterla. Y lo que se me ocurrió de primera mano, fue meterla al microondas. Ella parecía molesta, pero también ansiosa. Me parece que estaba fascinada con vivir conmigo. En ese momento ella me dio a entender que tenía hambre. Yo no sé el lenguaje de las luciérnagas, pero ella tenía una forma tan interesante de hacerse entender. Volaba y se daba golpes contra el cristal, entonces entendí claramente que moría de hambre.

Regresé al bosque para llevarle de comer. Arranqué un par de girasoles, y escuché claramente un aullido. Primero pensé que podría ser un lobo, o un perro salvaje, pero después me di cuenta que eran los girasoles los que aullaban, por haber sido arrancados seguramente, pero no quise darle importancia. Tenía una misión importante, y estos girasoles aulladores eran gaje del oficio, así que ignoré a los girasoles y seguí caminando. Arranqué pasto y un par de hojas; y de camino al auto, atrapé una cochinilla, por si las dudas.

Regresé a casa. Entrando a la cocina me percaté de que el horno de microondas estaba abierto. Entonces comencé a buscarla por todas partes. Busqué entre los frascos de la alacena y bajo los muebles. No podía encontrarla. Apagué todas las luces, y su brillo de 40 watts la delató. Así que tomé un hilo de cáñamo, y la amarré del tronco, y el otro extremo del hilo, lo amaré a mi muñeca. Ella parecía agradecida, porque me dio entender que se sentía extraviada y necesitaba mucho del calor humano. La regresé al horno y le puse los girasoles, el pasto y la cochinilla, para que cenara. Pero ella me dio entender, que no tenía hambre, que lo necesitaba era un poco de vino. Así que descorché la botella, y deje caer algunas gotas en la mesa, para que ella bebiera. Y así lo hizo, ávidamente comenzó a beber y cuando me di cuenta, ya estaba dentro de la botella. Entonces tiré de mi brazo, y hablé fuertemente con ella. Esa fue nuestra primera discusión. Le dije claramente que había reglas en la casa, y que no me parecía justo que se bebiera todo el vino, mientras yo solamente tomaba media copa. Ella me dio a entender que estaba avergonzada, porque yo había cogido cinta adhesiva y la pegué a mi brazo para irnos a dormir, y ella me hacia muchas caricias con sus patitas. Entonces le di una pequeñísima palmada haciéndole entender que ya la había perdonado.

Por la mañana quité la cinta adhesiva y ella comenzó a volar tirando fuertemente de mi brazo. Supe entonces que ya era tarde, y ella estaba ansiosa de ir a la oficina conmigo. Así que me di prisa, y abrí la regadera. Ella parecía no ser muy aseada. Así que le expliqué que otras de las reglas era bañarnos diariamente para evitar malos olores. Ella pareció entender, porque de pronto, bajo el chorro de agua, se dejó caer en mis manos, haciéndose la muerta. Le pedí de favor que no fuera tan intensa en sus emociones, y con la secadora la reanimé. Le puse un poco de loción para que diera buena impresión en la oficina. Salimos corriendo, bueno ella volando; y ya en el microbus, la gente me miraba de una forma extraña por traer a una luciérnaga amarrada a mi muñeca. Me senté al lado de una señora, que más bien parecía un hipopótamo, y le dije que no se preocupara, que la luciérnaga era bastante educada, y que además estaba recién bañada. Pero ella sonrió y me mostró unos dientes amarillos, mirándome como si yo fuera un loco. Entonces la luciérnaga me dio a entender que todos me envidiaban, y que no les hiciera caso. Eso me reconfortó tanto, que entonces sonreí y le dije a la señora que no se preocupara, que yo jamás tomaría a un hipopótamo por mascota.

En la oficina todos me miraban y cuchicheaban. Yo sabía que se morían de envidia. Así que no quise dar explicaciones. Mi jefe me llamó por teléfono y me pidió que me desamarrara ese insecto de inmediato. Pero la luciérnaga me dio a entender que se sentía ofendida. Que ella sabía claramente que no era una luciérnaga de alcurnia de 100 watts, sino una pobre luciérnaga de 40 watts; pero que no permitía, bajo ninguna circunstancia, que alguien le llamara insecto de mierda. Así que me levanté del asiento, y desde mi celular, le llamé a mi abogado para informarle que estaba siendo víctima de racismo en la oficina. Le expliqué claramente la situación, pero él me dijo algo de que estaba perdiendo la cabeza, entonces comenzó a hervirme la sangre. La luciérnaga me dio a entender que tenía que darle una bofetada a mi jefe y salir de la oficina inmediatamente, después de renunciar. Y así lo hice. Aunque no tuve tiempo de renunciar, porque después de la bofetada, estaba el personal de seguridad sacándome de ahí. La luciérnaga me dio a entender que no le diera importancia. Así que salí, con el brazo en alto, de regreso a casa.

Caminando por el parque, miré una chica en ropa deportiva, paseando a un perrito miniatura. Entonces me acerqué para presentarme. Ella me dijo que le parecía hermosa mi luciérnaga, y me explicó que lo que paseaba no era un perro miniatura, sino que era una hormiga marabunta, que había traído de su última expedición en el Amazonas. El flechazo fue total. Así que fuimos a su casa para hacer el amor. Yo rápidamente me desamarré a la luciérnaga y la amarré al florero. Comencé a besarla ávidamente. Pero yo nunca me percaté de que ella no se había desamarrado a su hormiga marabunta, y de un pisotón involuntario, la aplasté con el zapato. Ella me aventó violentamente, entonces entendí que se sentía molesta. Ella me pidió que termináramos mientras lloraba. Yo cogí a mi luciérnaga y me fui, sabiendo que nuestra historia de amor había llegado a su fin.

La luciérnaga me dio a entender que tenía hambre. Pero yo estaba con el corazón roto, y le dije que era mejor liberarla, porque ya me había traído muchos problemas a mi vida. Entonces me fui hacia el bosque, y la solté, pero cayó al piso, sin volar. Yo traté de reanimarla, pero todo fue infructuoso. Ella había muerto de tristeza porque yo pretendía abandonarla. Me sentí culpable. Estuve sentado por más de cuatro horas mirando a su cadáver. La enterré junto a los girasoles que aullaban. Ellos me miraban con rencor, pero preferí ignorarlos, porque ya era demasiado para mí. Había perdido el trabajo, mi historia de amor, y mi mascota. Así que guarde silencio. En esos momentos comencé a acariciar la idea de buscar a un hipopótamo por mascota. Pero desistí ante tal locura justo cuando descubrí a una avispa que se posaba en los girasoles que aullaban. Ella me dio a entender que era la luciérnaga que había reencarnado rápidamente en una avispa. La atrapé sin perder tiempo. Ella me picó, pero no quise decir nada, sabía que estaba enojada por todo lo sucedido, así que la amarré nuevamente a mi muñeca mientras pedía su perdón. Ella me dio a entender que no me preocupara, que el pasado siempre queda atrás, y que debemos mirar para el futuro, ya que el futuro es el único lugar seguro al que iremos. Es más, que ahora se sentía totalmente agradecida porque yo había esperado pacientemente su reencarnación. También me dio a entender que quería beber vino, para festejar nuestro reencuentro.

2 Responses

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