CUENTO: PRUDENCIO Y EUSEBIA: UNA HISTORIA DE AMOR CONTEMPORÁNEA

El reloj sonó y Prudencio sintió vértigo. No había dormido hasta entrada la madrugada. Y ahora tenía que levantarse en esa mañana de invierno, con la nariz pegajosa, los ojos hinchados y la boca resequa. Saco un pie de entre la cobijas y sintió frío. Eusebia en cambio, sólo decía, apaga el despertador carajo, apágalo ya. Pero Prudencio no quería salir de las cobijas, así que tomó una de las almohadas y la arrojó. Pero sintío ganas de orinar. Y no había manera de mitigar esa necesidad, así que por fin se levantó, se miró al espejo y entró al baño. Ahí buscó el tapetito y se acurrucó, para dormir un poco más. Pero entonces Eusebia sintió la misma necesidad y comenzó a golpear la puerta. Salió Prudencio con la mirada enrojecida, lleno de odio, producto por la falta de sueño y los gritos de Eusebia. Prudencio la tomó del cuello, pero Eusebia le hizo una llave, después lo tiro al piso, y le hizo la hurracarrana. Prudencio se rindió en el acto, Y Eusebia le dijo, “pendejo, soy la mejor luchadora, y tú me quieres ahorcar cuando yo necesito evacuar el intestino, perdedor” Y con todas sus carnes, entró al baño. Prudencio se levantó como pudo del piso, y se dio cuenta que se había orinado. Así regreso a la cama. De pronto sintió un tremendo rodillazo en plena cara. La sangre que salía de la nariz era abundante. “Levántate cabrón, dijo Eusebia, es hora que te largues a trabajar, güevon de mierda” Prudencio tomó un pañuelo y corrió al baño. Eusebia aun alcanzó a darle un puntapié en el trasero. “Maldito maricón” Se bañó con agua muy caliente. Prudencio sabía que cuando terminara de salir, vería la desnudez de Eusebia y sintió náuseas. Pero se armó de valor y salió. Eusebia se untaba miel en la cara. Tomó de los cabellos a Prudencio y lo regreso al baño, “mira como lo dejaste idiota, ahora tienes que secarlo, no tienes sirvientes para que limpien lo que ensucias” Pero Prudencio hábilmente se quitó las manos de encima, e hizo un arco de judo, para hacer caer a Eusebia de espaldas. Entonces la montó y comenzó a golpearla. Eusebia se reía “Pegas como una nena, pendejo”, entonces lo tomó de los testículos y le dijo, “ahora chifla hijo de la chingada, chifla cabrón” Se levantó y lo tomó de la cabeza y abrió el retrete y lo hundió en el agua sucia. “Chifla hijo de tu puta madre, maldito macho, queriéndole pegar a una mujer” Él le pidió perdón. Se lavó la cara y salió rumbo al trabajo. Ya en el camino, estaba adolorido, pero no quería ser la burla de todos, cuando lo vieran con los ojos moros por los golpes de Eusebia. Así que mejor cambió de ruta, y subió el puente. Cerró los ojos y se dejó caer. Pero una mano lo tomó por las ropas. Era Eusebia. “Ah, hijo de tu puta madre, ahora prefieres suicidarte antes que ir a trabajar” Entonces lo tiró al piso, y comenzó a patearlo. Ya en el suelo, Prudencio perdió el conocimiento. La policía llegó pero no pudo arrestar a Eusebia, porque huyó de la escena dando brincos y golpeando a quien se le atravesara, con su bata rota con una mancha de huevo y su mascarilla de miel. Prudencio lloraba. Los policías se reían, y uno de ellos dijo, “vamos a orinarlo.” Entonces los cinco policías y un niño que caminaba por ahí, se pusieron en círculo y comenzaron a orinar. Prudencio se sentía humillado. Los policías se fueron. Entonces Prudencio se levantó y se arrojó del puente. Pero el auto que lo atropello no lo mató, sólo lo dejó paralítico. Las enfermeras se reían. Cuando llegó Eusebia, dijo, déjenme sola con él. Entonces comenzó a cachetearlo, hasta que lo desmayó. Cada mañana, Eusebia lo subía a una avalancha y lo ponía afuera de la entrada del metro para que pudiera pedir limosna. Prudencio tenía su botecito y ahí le caían algunas monedas. Eusebia regresaba a casa y hacía el amor con el jardinero. Entonces Prudencio un día se armó de valor, y le pidió el divorcio. Pero Eusebia se lanzó como si fuera de la tercera cuerda y lo golpeó. Sacó unas tijeras y le cortó la lengua. “Pídeme otra vez el divorcio, hijo de perra”

Años más tarde, una mañana, sonó el despertador. Eusebia dijo, “apaga el maldito despertador” Pero Prudencio ya tenía un martillo en la mano, y comenzó a a golpear la cabeza de Eusebia.

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