Mientras me duchaba, los recuerdos comenzaron a tomar formas tangibles. Es decir, hasta la esponja del cuerpo me hizo recordar a aquella novia fotógrafa con la que hice uno de los viajes más fascinantes. He tenido buenos momentos en mi vida. Muy buenos. Pero todo ha quedado atrás. Kilómetros y mochila al hombro. Viajes interminables. Sueños infinitos. Besos, sonrisas, llanto, desesperación, triunfos, derrotas… Carreteras, caminos, selvas, océanos, trenes, aviones… Todo ha quedado atrás, quieto en el tiempo, nebuloso, borroso.
Si escribiera mi biografía, estaría llena de matices, de sobresaltos y cortocircuitos. Pero siempre hubo una constante. La soledad.
Vamos, que no soy un cabroncete que no sé convivir con los demás. Al contrario, tengo un talento innato por hacer amigos y crear lazos de confianza. Pero hasta en el lugar más agreste, buscaba un momento a solas, ya sea en el jacuzzi de un hotel, con la copa de vino en la mano, y la música a medio volumen, para relajarme.
Viajando en pareja, terminaba yo solo frente a la noche y al abismo, o frente al mar, en cualquier terraza o balcón, en cualquier columpio o hamaca, mirando a la luna de frente. He pasado horas con el mate a un lado, escribiendo o dibujando. Revisando las fotografías, pintando un cuadro.
Hoy mi vida no dista mucho de lo que siempre fui. Aunque sus variantes son evidentes, sigo soñando, como si el tiempo no hubiera pasado.
Hoy mi vida es más urbana. Oficina, auto, Crossfit, fines de semana de vino, cine, shopping. Pero en mi interior, siempre está el tipo inquieto y rebelde, que no se estaciona por mucho tiempo.








