A veces el duende únicamente sale por debajo de las piedras, y lame las heridas para saborear la sangre, y no para curar. “Soy duende pero soy más un hijo de puta”, se dice así mismo, mientras lame la herida del dragón que se lamenta en el suelo ya vencido. “Soy dragón y jamás sucumbió un dragón ante la mordedura de una serpiente.” Pero el ataque vino de algo más poderoso. El duende brinca y lame, lame y grita. Es el rinoceronte que ha hincado su cuerno irremediable, únicamente para vencer. Y venciendo y andando se va el rinoceronte, satisfecho y de trote constante, perdiéndose en la bruma y la llanura, en donde los hombres se nacieron por vez primera, en esa tierra africana tan ignota e interminable.