Después del estornudo, la Señora Flatulencia cerró las piernas, sin proferir palabra alguna. El señor del tranvía la miró con un gesto terrible, no se sabía si era lascivo el gesto, o de asco, pero el tema era que la miraba a través del espejo retrovisor. Doña Flatulencia apretaba más las piernas, y se sonrojaba. La gente que estaba a su lado decía cosas como:
– Puta madre, maldita vieja, es usted una puerca, vieja pedorra.
De pronto asomó la cabeza Benedictus XVl. Y doña Flatulencia, presa de la emoción aflojó un poquito, y entonces el ambiente se tornó un poco más turbio.
– ¡Carajo vieja! –dijo Benedicto –no sea turra, aguántese hasta llegar al baño.
– Joseph –dijo doña Flatulencia –de verdad que no has cambiado nada, sigues siendo un grosero de primera.
– No me diga Joseph, señora, con todo respeto, soy el Papa Benedicto XVl.
– Mira Joseph, jamás olvidé tus caricias lascivas, cómo me pedías que te mostrara mi trasero, mis senos, que te agarrara el pajarito, esas cosas no se olvidan.
– Señora, con todo respeto, me parece que usted me confunde, o quizá no se ha dado cuenta, pero soy el Papa.
– Jamás pude olvidar una cara, y menos la tuya Joseph, tu nombre es Joseph Ratzinger, ¿no es así?
– Bueno, sí señora, pero no tiene porqué decir todo esto en voz alta, además, hasta donde yo me acuerdo, jamás fui un mujeriego.
– Claro que nunca fuiste un mujeriego Joseph Ratzinger, eras pedófilo, en ese entonces yo era una niña de nueve años.
– Señora, usted me ofende. Todo esto no me queda claro, además, no entiendo qué estoy haciendo en un tranvía en una fabela brasileira.
– Tú tranquilo Joseph, al final puede que tú no seas el culpable, en todo caso el culpable es el autor de este cuento. Además bajo tu sotana, se dibuja claramente una erección.
– ¡Pero Señora Flatulencia! –dijo el chofer del tranvía –¡no le hable así a nuestro Santo Padre!
– Pero yo fui una víctima tuya Joseph, y en todo caso, no le falto el respeto a nadie, las palabras me las está escribiendo Kleskurichvog, talentoso cuentista de principios del Siglo XXl.
– En todo caso señora, tener una erección no es pecado –dijo Benedicto.
– Claro que no es pecado tener una erección, pecado es tener una erección de ese diminuto tamaño. Y sino es pecado, en este cuento debería serlo –dijo Flatulencia.
– Ahora que lo dicen –dijo el señor del tranvía, recuerdo que en los cuentos del señor Kleskurichvog yo siempre soy chofer de tranvía, y bien puedo ser brasileiro, o italiano, pero siempre estoy hablando en castellano.
– Bueno, quizá ahí no tiene nada que ver Dios ni Kleskurichvog, se le nota a leguas que usted es un pendejo –dijo Benedicto XVl.
De pronto el señor del tranvía sacó un revólver.
– A mí nadie me dice pendejo, por muy Papa que sea.
Doña Flatulencia se tiró un pedo del susto. Benedictus XVl miró más arriba del cielo raso del tranvía, miró más alla de las nubes y del cielo, miró con ojos profundos y mirada de odio más allá hasta donde llegaba el bolígrafo a la hoja en donde se escribía este cuento, miró más allá hasta encontrar los ojos de Kleskurichvog. Pero fue en ese momento que Kleskurichvog se percató de todo, de alguna manera se le estaban saliendo de control los personajes, así que decidió cerrar la libreta y dar por terminado el cuento.