Entrada la madrugada, con la lucidez reducida a escombros, sintiéndome más vacío que un cerebro roto, con taquicardia en los muslos y veneno en el cabello, intento conciliar el sueño. Los ojos los tengo llagados de tanto mirar por la ventana, me siento nauseabundo, putrefacto, como un suicida.
Los rumores me indican que la felicidad se encuentra en mi bolsita de mate, pero no me decido a fornicar con la nada, tengo la sensación de pisar vidrios de color verde, las heridas metafísicas se van abriendo camino en el grito que ya ni siquera pronuncio. Discutir por nimiedades me agota el espíritu, la brutalidad de los hechos me tienen sentado en la cama, con los pies helados colgando como si fueran dos judíos en la horca.
Amanece de a poco, hay algoritmos que se repiten con exactitud, los fotones comienzan a incrustarse en mis pupilas dilatadas, el cuerpo comienza a tomar la calma, tengo la boca pegajosa, las sienes inflamadas, y aún no dejo de babear.