Hoy que desperté, me di cuenta que estaba agradecido de no llamarme Joseph Ratzinger. Eso me produce la paz necesaria para seguir despierto. Busco un cigarrillo pero también busco la manera de no pensar en cosas que no tienen sentido. Cuando suena el teléfono siempre quiero no contestar. Es un instinto. Y no logro entender porqué. Tengo la boca seca. Intento levantarme y el dolor en el lumbar me recuerda que aún no estoy recuperado. Tengo que levantarme, y me levanto. Enciendo la cafetera y tal. Es sábado. El día que más me gusta de la semana. Si un día mi asesino llega a casa, agradecería que fuera un domingo por la noche. Enciendo mi iPod. Cebo el mate. Lentamente amanece, con la vertiginosidad de un gusano de color violeta. Llevo más de tres días sin afeitarme, y aunque la barba me sale un tanto interesante, es momento de sacarla. Pero con el mate me siento tan bien. Podría estar horas y horas, frente a cualquier libro, mate en mano, encendiendo los cigarros de la felicidad. Estiro los brazos. Siempre existe un placer inexplicable cuando estiro las extremidades de mi cuerpo. Me gusta escribir. Tengo sueño, y cuando tengo sueño me gusta dormir. Pero esta vez no regreso a la cama. Esta vez estoy feliz de no llamarme Joseph Ratzinger.