En la torre más alta del castillo, vivía una princesa de tetas bizcas. Tenía un porte abstracto, no se sabía si era de Singapure, o de las Malvinas, quizá de Barbados o Hawai. Había gente que afirmaba que era de Iztapalapa, que por eso la cara de quesadilla, los ojos negros, pero sus tetas, irremediablemente bizcas. Y ella vivía muy triste. Se miraba al espejo y peinaba sus largos cabellos oscuros con un peine de márfil (aunque hay versiones que confirman que el peine no era de marfil, sino de hueso de res, ya que el padre, el rey, era carnicero de la central de abastos.)
La princesa gastaba así sus días, triste a fuerza de cepillarse sus ralos cabellos. Se miraba al espejo y se entristecía más al darse cuenta que no tenía ni un pequeño rastro de belleza. También tenía un intestino juguetón. En cualquier momento se le escapaba un gas. Y los consortes del rey, cuando esto sucedía, decían: “Es que es de Iztapalapa, ahí la gente come cosas que producen gases, alubias, frijoles negros cocinados con epazote.” Entonces, por ese motivo y algunos más que se conservan en estricto secreto so pena de muerte, la princesa había sido enclaustrada en una de las torres más apartadas del castillo.
Cuando fue encerrada, caminó con sus tetas bizcas hacia el televisor, y descubrió que no había Sky. Eso la hizo dudar del amor del rey, la hizo perturbarse tanto, que decidió arrojarse por la ventana. Y mientras iba cayendo, vio que justo a la entrada del castillo, se estacionaba una camioneta de Sky, que venía a reparar la señal. Pero ya era muy tarde, la princesa iba cayendo irremediablemente hacia el abismo.